Lumen Fidei: Primera Encíclica del Papa Francisco

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El 5 de julio 2013 a las 11:00 am ha tenido lugar la presentación de la primera encíclica del Papa Francisco “Lumen fidei”. La presentación fue hecha por el cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los Obispos y por los arzobispos Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y Rino Fisichella,Presidente del Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización.
Dividida en cuatro capítulos, una introducción y una conclusión, la Carta – explica el Papa – se suma a las encíclicas del Papa Benedicto XVI sobre la caridad y la esperanza y asume el “valioso trabajo” realizado por el Papa emérito, que ya había “prácticamente completado” la encíclica sobre la fe. A este “primera redacción” el Santo Padre Francisco agrega ahora “algunas aportaciones”.

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RESUMEN

Un breve resumen del contenido de la encíclica, para abrir el apetito, recordando que es una carta dirigida a nosotros. Tomemos el tiempo de leerla y meditarla, en el Año de la Fe.

  • Introducción (nn. 1-7)

Ilustra los motivos en que se basa el documento: En primer lugar, recuperar el carácter de luz propio de la fe, capaz de iluminar toda la existencia del hombre, de ayudarlo a distinguir el bien del mal, sobre todo en una época como la moderna, en la que el creer se opone al buscar y la fe es vista como una ilusión, un salto al vacío que impide la libertad del hombre. En segundo lugar, quiere reavivar la percepción de la amplitud de los horizontes que la fe abre para confesarla en la unidad y la integridad. La fe, es un don de Dios que debe ser alimentado y fortalecido. “Quien cree ve”, escribe el Papa, porque la luz de la fe viene de Dios y es capaz de iluminar toda la existencia del hombre…

  • Primer capítulo (nn. 8-22): Hemos creído en el amor (1 Jn 4, 16)

Hace referencia a la figura bíblica de Abraham, y explica la fe como “escucha” de la Palabra de Dios, “llamada” a salir del aislamiento de su propio yo , para abrirse a una nueva vida y “promesa” del futuro, que hace posible la continuidad de nuestro camino en el tiempo, uniéndose así fuertemente a la esperanza. La fe también se caracteriza por la “paternidad”, porque el Dios que nos llama no es un Dios extraño, sino que es Dios Padre. De Abrahán pasa a la historia del pueblo de Israel, en cuya historia lo contrario de la fe es la idolatría, que dispersa al hombre en la multiplicidad de sus deseos y lo “desintegra en los múltiples instantes de su historia”, negándole la espera del tiempo de la promesa.

Luego se detiene, en la figura de Jesús, el mediador que nos abre a una verdad más grande que nosotros, una manifestación del amor de Dios que es el fundamento de la fe “precisamente en la contemplación de la muerte de Jesús la fe se refuerza”, porque Él revela su inquebrantable amor por el hombre. Por su resurrección Cristo es “testigo fiable”, “digno de fe”, a través del cual Dios actúa realmente en la historia y determina el destino final. Pero hay “otro aspecto decisivo” de la fe en Jesús: “La participación en su modo de ver”. La fe, en efecto, no sólo mira a Jesús, sino que también ve desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos. Y nos remite a la Iglesia: “la existencia creyente se convierte en existencia eclesial”, porque la fe se confiesa dentro del cuerpo de la Iglesia, como “comunión real de los creyentes.” Los cristianos son “uno” sin perder su individualidad y en el servicio a los demás cada uno gana su propio ser. Por eso, “la fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva”, sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio.

  • Segundo capítulo (nn. 23-36): Si no creéis, no comprenderéis (Is 07, 09)

El Papa demuestra la estrecha relación entre fe y verdad. “La fe, sin verdad, no salva. Se queda en una bella fábula, la proyección de nuestros deseos de felicidad.” Y hoy, debido a la “crisis de verdad en que nos encontramos”, es más necesario que nunca subrayar esta conexión. El Papa habla de la “verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto” y la contrapone al “gran olvido en nuestro mundo contemporáneo”, que – en beneficio del relativismo y temiendo el fanatismo – olvida la pregunta sobre la verdad, sobre el origen de todo, la pregunta sobre Dios.

Subraya el vínculo entre fe y amor, entendido no como “un sentimiento que va y viene”, sino como el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da nuevos ojos para ver la realidad.

El Papa abre una amplia reflexión sobre el “diálogo entre fe y razón”, para concluir que si la verdad es la del amor de Dios, entonces no se impone con la violencia, no aplasta al individuo. Por esta razón, la fe no es intransigente, el creyente no es arrogante. Por el contrario, la verdad vuelve humildes y conduce a la convivencia y el respeto del otro. De ello se desprende que la fe lleva al diálogo en todos los ámbitos

Por último, habla de la teología y afirma que es imposible sin la fe, porque Dios no es un mero “objeto”, sino que es Sujeto que se hace conocer.

  • Tercer capítulo (nn. 37-49): Transmito lo que he recibido (1 Co 15, 03)

Se centra totalmente en la importancia de la evangelización: quien se ha abierto al amor de Dios, no puede retener este regalo para sí mismo: La luz de Jesús resplandece sobre el rostro de los cristianos y así se difunde, se transmite bajo la forma del contacto, como una llama que se enciende de la otra, y pasa de generación en generación, a través de la cadena ininterrumpida de testigos de la fe.

Explica también como esta fe se transmite en los Sacramentos.

El Papa recuerda después la confesión de la fe, el Credo; la oración, el Padre Nuestro; el Decálogo, entendido no como “un conjunto de preceptos negativos”, sino como “un conjunto de indicaciones concretas” para entrar en diálogo con Dios. Por último, el Papa subraya que la fe es una porque uno es “el Dios conocido y confesado”, porque se dirige al único Señor, que nos da la “unidad de visión” y “es compartida por toda la Iglesia, que forma un solo cuerpo y un solo Espíritu”. Dado, pues, que la fe es una sola, entonces tiene que ser confesada en toda su pureza e integridad. Esta unidad está garantizada por la sucesión apostólica.

  • Capítulo cuarto (nn. 50-60): Dios prepara una ciudad para ellos (Hb 11, 16) 

Este capítulo explica la relación entre la fe y el bien común, lo que conduce a la formación de un lugar donde el hombre puede vivir junto con los demás. La fe, que nace del amor de Dios, hace fuertes los lazos entre los hombres y se pone al servicio concreto de la justicia, el derecho y la paz. Es por esto que no nos aleja del mundo y no es ajena al compromiso concreto del hombre contemporáneo. La fe capta el fundamento último de las relaciones humanas, su destino definitivo en Dios, y las pone al servicio del bien común.

La encíclica se centra, después, en los ámbitos iluminados por la fe: en primer lugar, la familia fundada en el matrimonio, entendido como unión estable de un hombre y una mujer. Después los jóvenes: llamados a mostrar “la alegría de la fe” y el compromiso de vivirla de un modo firme y generoso. “Los jóvenes aspiran a una vida grande. La fe no es un refugio para personas pusilánimes, sino que ensancha la vida”. Otra área es la de la naturaleza: la fe nos ayuda a respetarla, a “buscar modelos de desarrollo que no se basen únicamente en la utilidad y el provecho, sino que consideren la creación como un don”. Por esta razón no debemos avergonzarnos de confesar públicamente a Dios, porque la fe ilumina la vida social. Otro ámbito iluminado por la fe es el del sufrimiento y la muerte: el cristiano sabe que el sufrimiento no puede ser eliminado, pero que le puede dar sentido, puede convertirlo en acto de amor, de entrega confiada en las manos de Dios, que no nos abandona, y ser así “etapa de crecimiento en la fe y el amor”. Al hombre que sufre, Dios no le da un racionamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que acompaña, que abre un resquicio de luz en la oscuridad. En este sentido, la fe está unida a la esperanza. Y aquí el Papa hace un llamamiento: “No nos dejemos robar la esperanza, no permitamos que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino.”

  • Conclusión (nn. 58-60): Bienaventurada la que ha creído (Lc 1, 45) 

Al final el Papa nos invita a mirar a María, “icono perfecto” de la fe, porque, como Madre de Jesús, ha concebido “fe y alegría.” A Ella se alza la oración del Papa para que ayude la fe del hombre, nos recuerde que aquellos que creen nunca están solos, y que nos enseñe a mirar con los ojos de Jesús.



2 comentarios… add one

  • mercedes

    Tratado, con lenguaje para todo el mundo, exige AMOR, basado en la doctrina cristiana, y que las ensenanzas de jesus debe ser bastion y conducta de vida.

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  • Carlos

    Estupenda carta llena de un sentido profundo de consuelo y esperanza

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